Flint no se lo podía creer, se pasó horas mirando el anillo, sentado al calor del fuego, tratando de calmarse, era casi imposible que ese anillo hubiese vuelto a sus manos, recordaba cuando lo grabó y para quién. Con calma reparó la muñeca y se la dió a la niña. Acto seguido metió algo de ropa en un zurrón y cogió a Shia de la mano para encaminarse hasta casa de Asgarad, en completo silencio. Una vez allí, envió a la pequeña a entrenar mientras mantenía una conversación con el mestizo, de la que ella apenas pudo distinguir de qué se trataba, pero sí sabía que los ánimos estaban alterados, ya que más de un par de gritos se escaparon. Unas horas después Flint se acercó a ella para despedirse, le dijo que tenía asuntos que atender en tierras lejanas y no quería apartarla de sus entrenamientos, así que quedaría a cargo de su maestro hasta su vuelta.
El tiempo pasó y Shia siguió a cargo de Asgarad, realmente su vida apenas cambió, ya que siguió entrenando, viendo a William y disfrutando de todo lo que podía, aunque es cierto que el estilo de lucha que el mestizo quería enseñarle había cambiado un poco. Introdujo una nueva arma en la ecuación, una daga, que normalmente hacía que llevase escondida en la espalda. Ésto a la niña le divirtió de sobremanera, tomándolo más como un juego que otra cosa, así que terminó adaptándolo a su manera de pelear sin demasiado esfuerzo.
La relación con William pasó, poco a poco de la amistad al amor, aunque Asgarad no veía esto con buenos ojos. Se divertían, entrenaban y realizaban todas las correrías que tenían a su alcance. Visitaban todas las tabernas que podían, y allí bebían y reían. William bautizó a Shia como Shia Wetteel, ya que los grandes espadachines debían tener un apellido digno.
Las visitas en casa Asgarad fueron aumentando tanto de día como de noche, inclusive, cuando pensaba que dormía, algunas noches se escabullía de la casa.
Una de esas noches, Shia decidió seguirle, aunque sabía que se metería en un lío, así que salió de casa, embozada, manteniendo suficiente distancia entre su maestro y ella. Le siguió un buen rato, hasta que vió como se encontraba con otros tres hombres en un callejón, cerca de una taberna de mala muerte. Al no poder acercarse, apenas pudo reconocer a nadie, ya que iban todos cubiertos, qué hacía con esta gente Asgarad, era algo que no le entraba en la cabeza. Cuando parecía que iba a terminar la reunión, se escondió bien para poder seguir de vuelta a su maestro. Parecía que todo iba bien, pero al doblar la esquina, se encontró con su maestro esperándola. El semielfo desenvainó y se puso en guardia, parecía que no la había reconocido, así que aún tenía una oportunidad, Shia, desenvainó también, preparándose para defenderse. Esquivó la primera estocada de Asgarad sin mucho problema, parecía que simplemente medía a su rival, ella realizó un rápido ataque, con la única intención de distraerle y poder salir corriendo, pero él, viendo claramente las intenciones de su pequeña oponente, se limitó a apartarse y descubrirle el rostro con un rápido movimiento.
El hombre bajó el arma y la miró fijamente, ni siquiera parecía enfadado, pero se quedó allí un largo rato mirándola, tras lo cual se acercó a ella, tras un largo abrazo, la llevó a casa.
Alli le informó de lo que en realidad sucedía y quien era ella en realidad, era hija Welath Driresean, su amigo, en teoría la única superviviente del día que su amigo fue asesinado, ya que no habían podido encontrar ni a su madre ni a su hermano. Hizo jurar a la muchacha que jamás revelaría este secreto, ya que su vida estaría en peligro, así que ella no contó esto a nadie, entrenando cada día más duro. No podía creer que tuviese un hermano, una madre, un padre... y la hubiesen apartado de ellos de una forma tan horrible.
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