Las frías manos de su madre la despertaron. La mujer trataba de hablarle con calma, pero era imposible, el barullo de la casa la ponían cada vez más nerviosa. Le puso un vestido y unos zapatos y, envolviendola en una manta, ordenó que la llevasen a la carreta.
Un fornido hombre la cogió en brazos y la llevó allí a toda velocidad. Su hermano, apenas unos años mayor, esperaba allí, con el mismo gesto asustado que la pequeña. Sentados junto a ellos había dos lacayos, que, impasibles, asistían a los acontecimientos.
La voz de su padre resonó en la cuadra y los caballos comenzaron su andadura. Aunque el movimiento de la carreta era veloz, los nervios y el agotamiento consiguieron que la niña se quedara dormida, abrazada a su pequeña muñeca de trapo, Lanna, apoyándose en uno de los enormes hombres.
El grito nervioso de su madre la despertó, haciendo que se sobresaltara. El movimiento de la carreta era cada vez más insoportable, debían haber salido del camino principal hacia horas. Se oían gritos, oía como su padre apremiaba a los caballos, el miedo estaba en el ambiente, así que Shia, como un acto reflejo, se levantó para ir junto a su hermano, buscando su protección.
En ese justo instante la carreta realizó un brusco movimiento, haciendo que la niña saliera catapultada hacia su exterior. Notó en el aire un impacto extraño, alguien la agarraba y la atraía hacia su cuerpo, tratando de protegerla a toda costa. El primer impacto fue el más duro, el dolor hizo que un grito de terror se ahogase antes de salir por su garganta, haciendo que se agarrara aún más a su muñeca. Los brazos que la protegían se relajaron y la soltaron en ese instante, pero ella continuó cayendo por la escarpada ladera, recibiendo cientos de pequeños golpes y arañazos que dejarían su cuerpo marcado de por vida.
Al llegar al fondo del barranco, lo único que acertaba a escuchar era su propia respiración nerviosa. Se puso en pie, dolorida, y trató de subir, desesperada, pero sus pequeñas piernas eran incapaces de ascender aquella cuesta, enorme, demasiado pronunciada para que Shia consiguiese alcanzar su cima. Al cabo del rato se rindió y buscando el abrigo de un árbol, se quedó allí sentada, estaba segura de que irían a rescatarla.
Pero las horas pasaron y ninguna voz se escuchaba. Tenía hambre y sed, y pronto se haría de noche. Siempre tenía que volver a casa antes del ocaso, así que se puso en pie y comenzó a caminar hacia donde creía que estaba su casa. La suerte quiso que encontrara un camino por el que no pasaba nadie, pero al menos era un camino, un camino que seguir, que seguro la llevaría hacia algún sitio. Tenía hambre y frío, la sed era insoportable, pero ella seguía caminando. Y al fin la noche la alcanzó. Estaba tan cansada que, cuanto apenas se apartó del camino para poder descansar, se hizo un ovillo junto a una roca, abrazó con todas las fuerzas a su muñeca y se preparó para pasar la noche más aterradora de su vida. Aunque por puro agotamiento debería haber dormido, el miedo hacía que cada pocos minutos se sobresaltara, teniendo ganas de gritar y de llorar. Nunca había dormido sola y mucho menos, lejos de su cómoda y caliente cama.
Recibió el amanecer como un regalo, y, sin plantearselo, retomó su andadura. Apenas una hora después vio un grupo de casas a lo lejos, estaba segura que era su hogar, aunque conforme se iba acercando, la decepción era cada vez más grande. No eran más que un grupo de casas en medio de la nada. Parecía ser día de mercado, la gente se movía rápido, ajetreada. Un gran puesto de colorida fruta llamó su atención, así que, escondiendose de la gente, se acercó hasta él y cogió una manzana. Aún no le había dado el primer bocado cuando una mano le golpeó la cabeza, haciendo que la soltara de golpe y se pusiese a llorar desconsolada.
- ¡Suelta eso, pequeña andrajosa! ¿Que crees, que vas a robarme? - Alzó la mano para golpearla de nuevo
- ¡No seas animal, Ocaut! ¿No ves que no es más que una niña pequeña? - le inquirió una voz profunda. Un fornido enano se interpuso entre el tendero y la pequeña - Anda, toma, cobrate la manzana - dijo mientras recogía la fruta del suelo. Flint tendió la fruta a la niña, percatándose en ese instante de su estado. Shía la cogió y rápidamente comenzó a mordisquearla, no había tenido tanta hambre en toda su vida, por lo que no se percató que el enano se había quitado la capa y la había envuelto en ella, haciendo que la acompañase bajo la promesa de darle un buen plato de sopa caliente. Le llevó hasta la curandera del pueblo y allí le atendieron, sanando y limpiando sus heridas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario