El viaje hasta la ciudad fue duro. Era la primera vez que estaba sola, aunque eso no parecía importarle. Nadie sabía dónde se dirigía, así que eso hacía que se sintiese segura. Aún así, dedicó que no era sensato ir directamente hasta la ciudad, por lo que decidió no tomárselo con prisa y cubrir bien su rastro.
Algo había cambiado, el anillo antes siempre oculto, ahora lo lucía en su mano derecha. Puede que no pudiese volver a casa, puede que no usase el apellido que el correspondía por herencia, pero llevar el anillo siempre visible le recordaba por lo que luchaba y por lo que tenía que sobrevivir.
Aceptaba trabajos de mala muerte para ir tirando adelante, nunca le interesó demasiado el dinero, ni mucho menos el renombre, así que solía aceptar los que nadie más quería. Su espada la salvó infinidad de veces de situaciones comprometidas, que hicieron de ella una muchacha perspicaz y atenta, que ocultaba siempre sus sentimientos y sus miedos por temor a que la tomasen por una frágil mujer y se aprovechasen de eso.
Después de dos años en el camino, algunas aventuras destacables y otras bochornosas, varios malos entendidos siempre causados por hombres de ojos bonitos y dudosa reputación, Shia llegó al fin a Aguasfuertes. Pasó por varias posadas hasta que dió al fin con el Escudo Escarlata, que era exactamente lo que estaba buscando. Un sitio discreto donde alojarse.
No tardó en establecer una buena relación con el posadero y su mujer, y al poco tiempo de alojarse en la habitación del final del pasillo, decidió que era momento de empezar a buscar trabajo.
Así conoció al proyecto de héroe, Matt, quien, tras un affair con ella, desapareció. Total, era uno más. También conoció a la trovadora del lugar, Thara, a Elenort, a Sath... las cosas no marchaban mal.
Había surgido una compañía de mercenarios en la ciudad, la Compañía sin Nombre, dirigida por un tal Rowe. Estaba claro que la situación actual de la ciudad atraería a todo tipo de gente, pero cuantos más mercenarios, menos trabajo para ella. Por suerte no se había cruzado mucho con ellos, pero estaba claro que si quería encontrar trabajo, tendría que buscarlo en algunas zonas más alejadas de la ciudad, como en el Sátiro Sonriente, por ejemplo.
Y allí buscó y encontró, aunque trató de mantenerse siempre alejada de los tratos del Rubio, si tenía tratos con el Cazador, que se mostró interesado en ella desde un primer momento.
Las cosas se complicaron cuando fue el propio Rubio quien se interesó también por Shia, y además, trató de asesinar a Thara, quien consiguió salir de allí viva gracias a la intervención de Iskar.
Sin motivo aparente, Shia decidió mantenerse en medio, protegiendo a la pelirroja de las garras de la gente de Svein como podía.
Y por supuesto, otro hombre de “ojos bonitos” apareció en la vida de Shia, Rowe, que fue lo más parecido que había tenido Shia a un amigo desde hacía muchos años. Era el único en el que casi confiaba, aunque apenas hablaban de sus pasados respectivos, Shia era consciente del lio en el que se había metido con Svein y Rowe era el único que lo sabía. Se sentía segura con él, y él la protegía a su manera.