Los meses pasaron sin más novedad. Las reuniones y las salidas nocturnas no cesaron, pero a ella siempre la mantuvieron al margen. Cada día más fuerte y rápida, seguía entrenando. Si en algún momento estuvo afectada por la noticia, no lo demostró en ningún momento, siempre con una sonrisa divertida en su rostro, seguía siendo la misma muchacha risueña.
Una tarde lluviosa Asgarad llegó a casa nervioso y herido, había retado a Agrerakath a un duelo y, aunque había salido vencedor, algo no marchaba bien. Shia acompañó a su maestro a sus aposentos, recostándolo sobre la cama donde cayó inconsciente, y comenzó a revisar sus heridas, al principio no se dio cuenta, pero tras limpiar y curarlas casi todas vio que una de ellas tenía un color extraño, diferente a las demás. Después de unas horas, Ainüil abrió los ojos, aunque carentes del brillo que solía acompañarlos. Le pidió a Shia que le acercase una pequeña caja que había en el escritorio de su habitación, dentro de la cual estaba el anillo que Flint le dió años atrás. El semielfo sabía que apenas le quedaba tiempo, así que tras darle el sello de su familia le contó que había descubierto que Agrerakath iba a traicionarles, pero no había conseguido averiguar para quien trabajaba, así que debía andarse con cuidado, puesto que iba a quedarse sola. Los aliados que había conseguido encontrar en Aguas Profundas, desde ese momento, permanecerían en las sombras para mayor seguridad de todos, así que ella debía huir, no podía quedarse en la ciudad más tiempo del necesario, ya que su vida corría peligro. Pero debía saber que su padre tenía amigos en más sitios, y ya que Aguas Profundas no era seguro, debía ir a Aguasfuertes en busca de ayuda, aunque debía andarse con cuidado, ya que encontrar a esa gente no sería sencillo.
El veneno actuó demasiado rápido, apenas dió tiempo a mucho más, ni siquiera pudo despedirse dignamente de él, simplemente lo vió apagarse en la cama sin poder hacer nada. Apenas tenían dinero, así que el entierro que pudo darle fue gracias a la ayuda de William, que se ofreció a cuidar de ella.
Shia se trasladó a casa de los Braynorm con sus únicas pertenencias, su anillo, su muñeca, su espada y el manuscrito que Asgarad había comenzado a escribir sobre esgrima hacía unos años, pero allí no estaba cómoda, y no tardó en mudarse a una posada de mala muerte en uno de los barrios más marginales de la ciudad. Allí trabajó como camarera para poder pagarse su estancia, además, nadie la buscaría allí, de eso estaba segura, nadie excepto Will, que siempre que podía iba a verla y a sacarla de más de un apuro con algún borracho que otro.
Una de aquellas noches, después de cerrar, ambos se quedaron en la taberna, bebiendo algo y hablando. Llevaba demasiado tiempo sola, así que decidió que si podía confiar en alguien, no podía ser otro que Will. El muchacho no podía creer lo que escuchaba de los labios de Shia, hasta que ella le mostró el anillo que llevaba al cuello, escondido. Por supuesto, prometió ayudarla y protegerla, a la par que esconderla hasta que pudiese averiguar qué estaba pasando y por qué, al fin y al cabo él era hijo de otro Lord y si no metía mucho la pata podría enterarse de algo.
Indagaron, buscaron y preguntaron, sin éxito por toda la ciudad. Corrían miles de rumores al respecto, pero nada realmente contrastable, hasta el día que conocieron a Ylenia, una antigua sirvienta de casa de los Driresean. La anciana les contó que lacayos de Lord Braynorm fueron los que acabaron con la vida de la familia de Shia. En ese momento Will entró en cólera, golpeando con tanta fuerza a la anciana que la dejó malherida. Era imposible que su padre hubiese organizado tal matanza, para él no tenía ningún sentido, ya que ni siquiera se había hecho cargo de las tierras y pertenencias de la familia de Shia.
Aún así, decidieron que lo más seguro era alejarse de la ciudad, dirigiéndose hacia el sur, hasta que realmente supieran qué estaba pasando. Shia estaba como loca, solo hablaba de vengarse, de recuperar lo que era suyo, lo que le habían arrebatado, y William no sabía qué hacer. Sabía que si la dejaba, volvería a Aguas Profundas y se enfrentaría a su padre, y eso sería, sin duda, la muerte de la joven.
Se quedó con ella el tiempo suficiente como para calmarla, sobreviviendo a base de pequeños trabajos que consiguieron gracias a su habilidad como espadachines. William, de vez en cuando, volvía a la ciudad buscando a Flint o alguna noticia interesante, pero no hallaba ni una cosa ni otra, hasta que un día decidió ir a su casa y enfrentarse a su padre de una vez. Nadie sabe qué pasó, pero cuando volvió a por Shia lo hizo con 4 hombres más, dispuestos a todo con tal de llevar a la muchacha de nuevo a la ciudad. Shia se enfrentó a ellos como pudo, era rápida y contaba con la ventaja de conocer la zona, así que fue terminando con ellos uno a uno, mientras se retiraba. William la miraba impasible, le pidió que le acompañase, prometiendo que no le pasaría nada, pero la muchacha no se dejó convencer, así que se enfrentó a él, como tantas otras veces, pero esta vez no era un entrenamiento, esta vez era a muerte.
La lucha estuvo igualada, puesto que ambos conocían los puntos débiles del otro, pero William era más rápido y terminó por desarmarla con un hábil movimiento. Se miraron fijamente durante un instante y, acercándose a ella, puso su propio estoque en su mano, pidiéndole que le golpeara y huyese, ya que más hombres estaban en camino, entre ellos su padre.
Shia ni se lo pensó y le golpeó con fuerza en la sien. Recogió rápido lo poco que tenía, así como el dinero que encontró en los cuerpos de William y el resto, huyendo hacia Aguasfuertes en busca de los aliados que Asgarad dijo que allí debía tener.