miércoles, 12 de diciembre de 2012

Carta



¿Cómo ha podido volver a pasarme? ¿Por qué siempre me fijo en el hombre equivocado? Maldita sea, Will, todo ha ido de mal en peor desde que me dejaste ir. 
A veces pienso que hubiese sido mejor que aquel día me hubiese entregado, así, al menos, sabría a qué atenerme. 
¿Sabes? A veces sueño con el día en el que volveremos a encontrarnos, en el que de verdad tendremos que cruzar nuestras espadas y solo uno de los dos podrá salir de allí con vida. Pero nunca soy yo la que sobrevive, siempre me quedo paralizada en el último momento, en el momento en el que tengo que arrebatarte la vida, esa que tantas veces me has regalado. ¿Por qué tuviste que dejarme marchar? 
A veces siento el deseo irrefrenable de ir a buscarte, de ir a preguntarte y comprender por qué lo hiciste... ah... maldita sea... ¿por qué se me da tan bien meter la pata?
Casi me matan por defender a un tipo al que apenas conocía, uno que aseguró que le importaba. Probablemente lo habría hecho de todas formas, ya me conoces.... *una mancha de tinta emborrona media página*

Bueno, visto lo visto, me mudaré a la posada del Sátiro Sonriente. Puede que allí encuentre algo de diversión. Echaré de menos el Escudo, pero si necesito seguir trabajando con la Compañía, no puedo permitirme flaquear de nuevo. 

Es insoportable que ningún hombre se te acerque ni a la suela de los zapatos, maldito seas, solo tenías que haber elegido permanecer a mi lado. Tal vez, así, no me importaría el no recuperar lo que me pertenece por derecho, tal vez, me habría conformado con seguir adelante, pero no, tuviste que elegir la opción equivocada, y es por eso mismo por lo que no puedo perdonarte.
Espero que el día que nos encontremos tenga la fuerza suficiente como para atravesar tu corazón, y si no es así, leerás esto, y sabrás cuanto te odio, y cuanto me odio a mi misma por no ser lo suficientemente fuerte como para presentarme en casa de tu padre y hacer lo que debo. Solo espero que si soy yo la que muere, te arrepientas hasta el último día de tu vida, como han de arrepentirse todos los que me han dañado. Pero, sobretodo, si disteis conmigo porque alguien ha vuelto a traicionarme, te suplico que no dejes que quede así, no dejes que todo mi esfuerzo haya sido en balde.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Aguasfuertes



El viaje hasta la ciudad fue duro. Era la primera vez que estaba sola, aunque eso no parecía importarle. Nadie sabía dónde se dirigía, así que eso hacía que se sintiese segura. Aún así, dedicó que no era sensato ir directamente hasta la ciudad, por lo que decidió no tomárselo con prisa y cubrir bien su rastro. 

Algo había cambiado, el anillo antes siempre oculto, ahora lo lucía en su mano derecha. Puede que no pudiese volver a casa, puede que no usase el apellido que el correspondía por herencia, pero llevar el anillo siempre visible le recordaba por lo que luchaba y por lo que tenía que sobrevivir. 

Aceptaba trabajos de mala muerte para ir tirando adelante, nunca le interesó demasiado el dinero, ni mucho menos el renombre, así que solía aceptar los que nadie más quería. Su espada la salvó infinidad de veces de situaciones comprometidas, que hicieron de ella una muchacha perspicaz y atenta, que ocultaba siempre sus sentimientos y sus miedos por temor a que la tomasen por una frágil mujer y se aprovechasen de eso. 

Después de dos años en el camino, algunas aventuras destacables y otras bochornosas, varios malos entendidos siempre causados por hombres de ojos bonitos y dudosa reputación, Shia llegó al fin a Aguasfuertes. Pasó por varias posadas hasta que dió al fin con el Escudo Escarlata, que era exactamente lo que estaba buscando. Un sitio discreto donde alojarse. 

No tardó en establecer una buena relación con el posadero y su mujer, y al poco tiempo de alojarse en la habitación del final del pasillo, decidió que era momento de empezar a buscar trabajo. 
Así conoció al proyecto de héroe, Matt, quien, tras un affair con ella, desapareció. Total, era uno más. También conoció a la trovadora del lugar, Thara, a Elenort, a Sath... las cosas no marchaban mal. 

Había surgido una compañía de mercenarios en la ciudad, la Compañía sin Nombre, dirigida por un tal Rowe. Estaba claro que la situación actual de la ciudad atraería a todo tipo de gente, pero cuantos más mercenarios, menos trabajo para ella. Por suerte no se había cruzado mucho con ellos, pero estaba claro que si quería encontrar trabajo, tendría que buscarlo en algunas zonas más alejadas de la ciudad, como en el Sátiro Sonriente, por ejemplo. 

Y allí buscó y encontró, aunque trató de mantenerse siempre alejada de los tratos del Rubio, si tenía tratos con el Cazador, que se mostró interesado en ella desde un primer momento. 
Las cosas se complicaron cuando fue el propio Rubio quien se interesó también por Shia, y además, trató de asesinar a Thara, quien consiguió salir de allí viva gracias a la intervención de Iskar. 
Sin motivo aparente, Shia decidió mantenerse en medio, protegiendo a la pelirroja de las garras de la gente de Svein como podía. 

Y por supuesto, otro hombre de “ojos bonitos” apareció en la vida de Shia, Rowe, que fue lo más parecido que había tenido Shia a un amigo desde hacía muchos años. Era el único en el que casi confiaba, aunque apenas hablaban de sus pasados respectivos, Shia era consciente del lio en el que se había metido con Svein y Rowe era el único que lo sabía. Se sentía segura con él, y él la protegía a su manera.

El Duelo


Los meses pasaron sin más novedad. Las reuniones y las salidas nocturnas no cesaron, pero a ella siempre la mantuvieron al margen. Cada día más fuerte y rápida, seguía entrenando. Si en algún momento estuvo afectada por la noticia, no lo demostró en ningún momento, siempre con una sonrisa divertida en su rostro, seguía siendo la misma muchacha risueña. 

Una tarde lluviosa Asgarad llegó a casa nervioso y herido, había retado a Agrerakath a un duelo y, aunque había salido vencedor, algo no marchaba bien. Shia acompañó a su maestro a sus aposentos, recostándolo sobre la cama donde cayó inconsciente, y comenzó a revisar sus heridas, al principio no se dio cuenta, pero tras limpiar y curarlas casi todas vio que una de ellas tenía un color extraño, diferente a las demás. Después de unas horas, Ainüil abrió los ojos, aunque carentes del brillo que solía acompañarlos. Le pidió a Shia que le acercase una pequeña caja que había en el escritorio de su habitación, dentro de la cual estaba el anillo que Flint le dió años atrás. El semielfo sabía que apenas le quedaba tiempo, así que tras darle el sello de su familia le contó que había descubierto que Agrerakath iba a traicionarles, pero no había conseguido averiguar para quien trabajaba, así que debía andarse con cuidado, puesto que iba a quedarse sola. Los aliados que había conseguido encontrar en Aguas Profundas, desde ese momento, permanecerían en las sombras para mayor seguridad de todos, así que ella debía huir, no podía quedarse en la ciudad más tiempo del necesario, ya que su vida corría peligro. Pero debía saber que su padre tenía amigos en más sitios, y ya que Aguas Profundas no era seguro, debía ir a Aguasfuertes en busca de ayuda, aunque debía andarse con cuidado, ya que encontrar a esa gente no sería sencillo.

El veneno actuó demasiado rápido, apenas dió tiempo a mucho más, ni siquiera pudo despedirse dignamente de él, simplemente lo vió apagarse en la cama sin poder hacer nada. Apenas tenían dinero, así que el entierro que pudo darle fue gracias a la ayuda de William, que se ofreció a cuidar de ella. 
Shia se trasladó a casa de los Braynorm con sus únicas pertenencias, su anillo, su muñeca, su espada y el manuscrito que Asgarad había comenzado a escribir sobre esgrima hacía unos años, pero allí no estaba cómoda, y no tardó en mudarse a una posada de mala muerte en uno de los barrios más marginales de la ciudad. Allí trabajó como camarera para poder pagarse su estancia, además, nadie la buscaría allí, de eso estaba segura, nadie excepto Will, que siempre que podía iba a verla y a sacarla de más de un apuro con algún borracho que otro. 

Una de aquellas noches, después de cerrar, ambos se quedaron en la taberna, bebiendo algo y hablando. Llevaba demasiado tiempo sola, así que decidió que si podía confiar en alguien, no podía ser otro que Will. El muchacho no podía creer lo que escuchaba de los labios de Shia, hasta que ella le mostró el anillo que llevaba al cuello, escondido. Por supuesto, prometió ayudarla y protegerla, a la par que esconderla hasta que pudiese averiguar qué estaba pasando y por qué, al fin y al cabo él era hijo de otro Lord y si no metía mucho la pata podría enterarse de algo. 
Indagaron, buscaron y preguntaron, sin éxito por toda la ciudad. Corrían miles de rumores al respecto, pero nada realmente contrastable, hasta el día que conocieron a Ylenia, una antigua sirvienta de casa de los Driresean. La anciana les contó que lacayos de Lord Braynorm fueron los que acabaron con la vida de la familia de Shia. En ese momento Will entró en cólera, golpeando con tanta fuerza a la anciana que la dejó malherida. Era imposible que su padre hubiese organizado tal matanza, para él no tenía ningún sentido, ya que ni siquiera se había hecho cargo de las tierras y pertenencias de la familia de Shia. 
Aún así, decidieron que lo más seguro era alejarse de la ciudad, dirigiéndose hacia el sur, hasta que realmente supieran qué estaba pasando. Shia estaba como loca, solo hablaba de vengarse, de recuperar lo que era suyo, lo que le habían arrebatado, y William no sabía qué hacer. Sabía que si la dejaba, volvería a Aguas Profundas y se enfrentaría a su padre, y eso sería, sin duda, la muerte de la joven. 

Se quedó con ella el tiempo suficiente como para calmarla, sobreviviendo a base de pequeños trabajos que consiguieron gracias a su habilidad como espadachines. William, de vez en cuando, volvía a la ciudad buscando a Flint o alguna noticia interesante, pero no hallaba ni una cosa ni otra, hasta que un día decidió ir a su casa y enfrentarse a su padre de una vez. Nadie sabe qué pasó, pero cuando volvió a por Shia lo hizo con 4 hombres más, dispuestos a todo con tal de llevar a la muchacha de nuevo a la ciudad. Shia se enfrentó a ellos como pudo, era rápida y contaba con la ventaja de conocer la zona, así que fue terminando con ellos uno a uno, mientras se retiraba. William la miraba impasible, le pidió que le acompañase, prometiendo que no le pasaría nada, pero la muchacha no se dejó convencer, así que se enfrentó a él, como tantas otras veces, pero esta vez no era un entrenamiento, esta vez era a muerte. 

La lucha estuvo igualada, puesto que ambos conocían los puntos débiles del otro, pero William era más rápido y terminó por desarmarla con un hábil movimiento. Se miraron fijamente durante un instante y, acercándose a ella, puso su propio estoque en su mano, pidiéndole que le golpeara y huyese, ya que más hombres estaban en camino, entre ellos su padre. 
Shia ni se lo pensó y le golpeó con fuerza en la sien. Recogió rápido lo poco que tenía, así como el dinero que encontró en los cuerpos de William y el resto, huyendo hacia Aguasfuertes en busca de los aliados que Asgarad dijo que allí debía tener.

El sello


Flint no se lo podía creer, se pasó horas mirando el anillo, sentado al calor del fuego, tratando de calmarse, era casi imposible que ese anillo hubiese vuelto a sus manos, recordaba cuando lo grabó y para quién. Con calma reparó la muñeca y se la dió a la niña. Acto seguido metió algo de ropa en un zurrón y cogió a Shia de la mano para encaminarse hasta casa de Asgarad, en completo silencio. Una vez allí, envió a la pequeña a entrenar mientras mantenía una conversación con el mestizo, de la que ella apenas pudo distinguir de qué se trataba, pero sí sabía que los ánimos estaban alterados, ya que más de un par de gritos se escaparon. Unas horas después Flint se acercó a ella para despedirse, le dijo que tenía asuntos que atender en tierras lejanas y no quería apartarla de sus entrenamientos, así que quedaría a cargo de su maestro hasta su vuelta. 

El tiempo pasó y Shia siguió a cargo de Asgarad, realmente su vida apenas cambió, ya que siguió entrenando, viendo a William y disfrutando de todo lo que podía, aunque es cierto que el estilo de lucha que el mestizo quería enseñarle había cambiado un poco. Introdujo una nueva arma en la ecuación, una daga, que normalmente hacía que llevase escondida en la espalda. Ésto a la niña le divirtió de sobremanera, tomándolo más como un juego que otra cosa, así que terminó adaptándolo a su manera de pelear sin demasiado esfuerzo. 
La relación con William pasó, poco a poco de la amistad al amor, aunque Asgarad no veía esto con buenos ojos. Se divertían, entrenaban y realizaban todas las correrías que tenían a su alcance. Visitaban todas las tabernas que podían, y allí bebían y reían. William bautizó a Shia como Shia Wetteel, ya que los grandes espadachines debían tener un apellido digno.

Las visitas en casa Asgarad fueron aumentando tanto de día como de noche, inclusive, cuando pensaba que dormía, algunas noches se escabullía de la casa. 
Una de esas noches, Shia decidió seguirle, aunque sabía que se metería en un lío, así que salió de casa, embozada, manteniendo suficiente distancia entre su maestro y ella. Le siguió un buen rato, hasta que vió como se encontraba con otros tres hombres en un callejón, cerca de una taberna de mala muerte. Al no poder acercarse, apenas pudo reconocer a nadie, ya que iban todos cubiertos, qué hacía con esta gente Asgarad, era algo que no le entraba en la cabeza. Cuando parecía que iba a terminar la reunión, se escondió bien para poder seguir de vuelta a su maestro. Parecía que todo iba bien, pero al doblar la esquina, se encontró con su maestro esperándola. El semielfo desenvainó y se puso en guardia, parecía que no la había reconocido, así que aún tenía una oportunidad, Shia, desenvainó también, preparándose para defenderse. Esquivó la primera estocada de Asgarad sin mucho problema, parecía que simplemente medía a su rival, ella realizó un rápido ataque, con la única intención de distraerle y poder salir corriendo, pero él, viendo claramente las intenciones de su pequeña oponente, se limitó a apartarse y descubrirle el rostro con un rápido movimiento. 

El hombre bajó el arma y la miró fijamente, ni siquiera parecía enfadado, pero se quedó allí un largo rato mirándola, tras lo cual se acercó a ella, tras un largo abrazo, la llevó a casa. 
Alli le informó de lo que en realidad sucedía y quien era ella en realidad, era hija Welath Driresean, su amigo, en teoría la única superviviente del día que su amigo fue asesinado, ya que no habían podido encontrar ni a su madre ni a su hermano. Hizo jurar a la muchacha que jamás revelaría este secreto, ya que su vida estaría en peligro, así que ella no contó esto a nadie, entrenando cada día más duro. No podía creer que tuviese un hermano, una madre, un padre... y la hubiesen apartado de ellos de una forma tan horrible.

De búsquedas y encuentros.


Flint decidió hacerse cargo de la niña hasta pudiera devolvérsela a sus padres, así que se encargó de vestirla y cuidarla mientras viajaban de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, preguntando si alguna carreta había pasado por allí, o si alguien había encontrado algo extraño en el linde de algún camino, pero no encontraron nada y el periodo de ferias se terminaba. Cada día que pasaba el enano se encariñaba más con la divertida y vivaz Shia, que se había recuperado pronto de todo lo que le había sucedido, ya que Tymora la bendijo con la fuerza necesaria para conseguir olvidar lo que pasó aquel día, cosa que dificultaba todavía más la búsqueda de su familia. 

Llegado el momento, Shia acompañó a Flint hasta Aguas Profundas, donde tenía su taller, ya que YunqueMartillo resultó ser uno de los mejores herreros y orfebres de la zona quien, aunque nunca desistió en su búsqueda, debía admitir que el ímpetu que ponía en ella era cada vez menor puesto que el enano había encontrado la felicidad de nuevo cuidando de Shia, que le recordaba a su hija pequeña fallecida años atrás. Pasado el tiempo, cesó en la búsqueda y terminó por aceptar que Shia era su hija, así que optó por tratarla como tal, enseñándole todo lo que podía, incluso a defenderse con su propio idioma, ya que cuando el enano bebía más de la cuenta, era incapaz de hablarle en otro idioma.

Shia le acompañaba a todas las ferias, siempre cogida de la mano de su muñeca, y, mientras él comerciaba, ella jugaba con los hijos de otros mercaderes con los que solía coincidir en casi todas las ferias, representando ser una princesa en apuros para que la rescatasen de las garras de un dragón, o cualquier historia infantil de ese tipo. Su héroe siempre era el hijo pequeño de un mercader de telas, un niño paliducho de ojos oscuros y pelo negro. 

Conforme fueron pasando los años, el interés de Shia por las armas que fabricaba su padre fue creciendo, así que en los juegos pasó de ser la princesa en apuros a convertirse en una rescatadora, pugnando por ser la heroína de la historia con su compañero de juegos. 

En Aguas Profundas, se dedicaba a llevar los encargos de Flint a los más variopintos lugares de la ciudad. Así conoció a William, hijo de Sir Jules Braynorm, el día que entregó un florete en su enorme casa. Shia adoraba ir a esa casa donde siempre la trataban como a una princesa, le daban de merendar y permitían que se quedase unas horas jugando con Will. Sir Jules en más de una ocasión le dió un dinero extra por servirles los encargos con tanta velocidad. También conoció a un antiguo soldado retirado, que le daba demasiado a la bebida y gustaba demasiado de las armas, pero el día que la vida de Shia cambió fue cuando tuvo que entregar unos cuantos estoques de la mejor calidad en casa de un Maestro de Esgrima, Ainüil Asgarad, de quien las malas lenguas dicen que cayó en desgracia años atrás, convirtiéndose en un mujeriego y un pendenciero. 
También decían de él que únicamente daba clases para poder costearse su caro estilo de vida. Con apenas 7 años, al ver aquella clase desde lejos, Shia supo lo que quería ser en su vida, quería aprender a usar ese tipo de armas, quería aprender a moverse como ellos se movían, quería danzar con un estoque en su mano. Cuando se lo contó a su padre, éste no dudó en llegar a un acuerdo con el semielfo, un trato que sin duda los beneficiaría a ambos, Asgarad tendría armas gratis mientras entrenase a Shia. Evidentemente aceptó, aunque al principio a regañadientes, al comprobar el potencial de la pequeña su actitud cambió radicalmente al respecto. 

El mestizo en realidad no era ni tan mujeriego ni tan pendenciero como las malas lenguas decían, había servido a un antiguo noble de la ciudad , ahora muerto y con su linaje o caído en desgracia o, lo que era mucho peor, desaparecido o muerto. Era evidente que esto había marcado a Asgarad, ya que, cuando bebía, de las únicas historias que hablaba era de cuan buenos eran los tiempos en los que Lord Driresean gobernaba sus tierras, con la justicia que trataba a sus siervos y cuánto le quería la gente. Shia escuchaba esas historias una y otra vez, tanto, que se las sabía de memoria, llegando a parecer que ella misma fuese quien vivia esas historias junto al noble, se imaginaba luchando junto a él y siendo la heroína de la historia. 

Los años pasaron rápidos, ahora en lugar de ir de pueblo en pueblo, Shia se quedaba en la ciudad junto a Asgarad aprendiendo, sus periódicas visitas a casa de William hizo que su relación fuese cada vez más cercanas, considerándolo como su propio hermano mayor. Quedaba poco para que Shia cumpliese los 10 años y William se reía porque Shia seguía sin separarse de su cochambrosa muñeca de trapo. El muchacho intentó arrebatarsela, pero ella no la soltaba, en una lucha feroz, tirando cada uno hacia un lado, la pequeña Lanna se desgaró por la mitad casi completamente. En ese mismo instante, William, arrepentido, soltó la muñeca de golpe, haciendo que Shia cayese de espaldas. No le dio tiempo a reaccionar, Shia ya estaba en pie de nuevo, abrazando su muñeca y corría calle abajo, llorando desconsolada. Cuando llegó a casa, no acertaba a decir nada, solo estiraba la muñeca a Flint mientras le miraba con esos enormes y suplicantes ojos marrones. El enano cogió la muñeca y prometió a Shia que la remendaría, que no se preocupara, mas cual fue su sorpresa, al ir a repararla, que encontró en el interior de la misma, enganchado con un trozo de tela un anillo.

Carretas y carromatos.


Las frías manos de su madre la despertaron. La mujer trataba de hablarle con calma, pero era imposible, el barullo de la casa la ponían cada vez más nerviosa. Le puso un vestido y unos zapatos y, envolviendola en una manta, ordenó que la llevasen a la carreta. 

Un fornido hombre la cogió en brazos y la llevó allí a toda velocidad. Su hermano, apenas unos años mayor, esperaba allí, con el mismo gesto asustado que la pequeña. Sentados junto a ellos había dos lacayos, que, impasibles, asistían a los acontecimientos. 

La voz de su padre resonó en la cuadra y los caballos comenzaron su andadura. Aunque el movimiento de la carreta era veloz, los nervios y el agotamiento consiguieron que la niña se quedara dormida, abrazada a su pequeña muñeca de trapo, Lanna, apoyándose en uno de los enormes hombres. 

El grito nervioso de su madre la despertó, haciendo que se sobresaltara. El movimiento de la carreta era cada vez más insoportable, debían haber salido del camino principal hacia horas. Se oían gritos, oía como su padre apremiaba a los caballos, el miedo estaba en el ambiente, así que Shia, como un acto reflejo, se levantó para ir junto a su hermano, buscando su protección. 

En ese justo instante la carreta realizó un brusco movimiento, haciendo que la niña saliera catapultada hacia su exterior. Notó en el aire un impacto extraño, alguien la agarraba y la atraía hacia su cuerpo, tratando de protegerla a toda costa. El primer impacto fue el más duro, el dolor hizo que un grito de terror se ahogase antes de salir por su garganta, haciendo que se agarrara aún más a su muñeca. Los brazos que la protegían se relajaron y la soltaron en ese instante, pero ella continuó cayendo por la escarpada ladera, recibiendo cientos de pequeños golpes y arañazos que dejarían su cuerpo marcado de por vida. 

Al llegar al fondo del barranco, lo único que acertaba a escuchar era su propia respiración nerviosa. Se puso en pie, dolorida, y trató de subir, desesperada, pero sus pequeñas piernas eran incapaces de ascender aquella cuesta, enorme, demasiado pronunciada para que Shia consiguiese alcanzar su cima. Al cabo del rato se rindió y buscando el abrigo de un árbol, se quedó allí sentada, estaba segura de que irían a rescatarla.
Pero las horas pasaron y ninguna voz se escuchaba. Tenía hambre y sed, y pronto se haría de noche. Siempre tenía que volver a casa antes del ocaso, así que se puso en pie y comenzó a caminar hacia donde creía que estaba su casa. La suerte quiso que encontrara un camino por el que no pasaba nadie, pero al menos era un camino, un camino que seguir, que seguro la llevaría hacia algún sitio. Tenía hambre y frío, la sed era insoportable, pero ella seguía caminando. Y al fin la noche la alcanzó. Estaba tan cansada que, cuanto apenas se apartó del camino para poder descansar, se hizo un ovillo junto a una roca, abrazó con todas las fuerzas a su muñeca y se preparó para pasar la noche más aterradora de su vida. Aunque por puro agotamiento debería haber dormido, el miedo hacía que cada pocos minutos se sobresaltara, teniendo ganas de gritar y de llorar. Nunca había dormido sola y mucho menos, lejos de su cómoda y caliente cama.

Recibió el amanecer como un regalo, y, sin plantearselo, retomó su andadura. Apenas una hora después vio un grupo de casas a lo lejos, estaba segura que era su hogar, aunque conforme se iba acercando, la decepción era cada vez más grande. No eran más que un grupo de casas en medio de la nada. Parecía ser día de mercado, la gente se movía rápido, ajetreada. Un gran puesto de colorida fruta llamó su atención, así que, escondiendose de la gente, se acercó hasta él y cogió una manzana. Aún no le había dado el primer bocado cuando una mano le golpeó la cabeza, haciendo que la soltara de golpe y se pusiese a llorar desconsolada. 

- ¡Suelta eso, pequeña andrajosa! ¿Que crees, que vas a robarme? - Alzó la mano para golpearla de nuevo
- ¡No seas animal, Ocaut! ¿No ves que no es más que una niña pequeña? - le inquirió una voz profunda. Un fornido enano se interpuso entre el tendero y la pequeña - Anda, toma, cobrate la manzana - dijo mientras recogía la fruta del suelo. Flint tendió la fruta a la niña, percatándose en ese instante de su estado. Shía la cogió y rápidamente comenzó a mordisquearla, no había tenido tanta hambre en toda su vida, por lo que no se percató que el enano se había quitado la capa y la había envuelto en ella, haciendo que la acompañase bajo la promesa de darle un buen plato de sopa caliente. Le llevó hasta la curandera del pueblo y allí le atendieron, sanando y limpiando sus heridas.