Una pequeña figura embozada entró en la taberna, silenciosa, donde apenas encontró a dos hombres en una mesa apartada. Uno era grande y fuerte, de tez oscura y pelo negro. Sus movimientos eran lentos y pesados, y su voz profunda como el eco en una oscura gruta. El otro, más menudo, grácil, con un rostro tan bello que habría podido tener a cualquier mujer que desease, aunque hacía años que no lo veían rondar a ninguna. Mantenían una animada conversación acompañada de dos vasos de vino.
Sin retirarse la capucha, se acercó a la barra y, en silencio, y tomó asiento. El hombre que estaba tras ella siguió limpiando, haciendo caso omiso a su presencia. Se quedó allí sentada, inmóvil, observándoles en silencio. Cómo se reían, el tono de sus voces, midiendo cada gesto. Llegado el momento hizo una sutil señal, tras la cual, el tabernero dejó un vaso sobre la barra y se alejó para desaparecer por una puerta cercana. Permaneció un momento más inmóvil, hasta que las carcajadas le indicaron que era el momento de actuar. Se separó de la barra con un grácil movimiento y se acercó hasta ellos en silencio. Un rápido destello fue lo único que hizo falta que uno de ellos se desplomara sobre la mesa.
El otro hombre se incorporó de un salto y desenvainó rápidamente, colocándose en guardia ante el inminente ataque. Pero no sucedió. El asesino dejó la daga con delicadeza la daga sobre la mesa y se retiró los guantes, apenas ensangrentados, con calma. Llegado ese momento, se dió cuenta que bajo aquel enorme manto había una mujer, pero ¿quien osaría atacarle directamente en la ciudad?
Se retiró la capucha sin prisa. Sobre su rostro, una máscara blanca adornada con un par de líneas rojas ocultaba su identidad. Soltó su el simple enganche plateado de su cuello y dejó que capa se deslizase hasta el suelo mientras retiraba su pequeña y teatral máscara.
El muchacho se quedó petrificado, no podía ser real. Una ceñida chaqueta de cuero dibujaba su silueta, mientras que su oscuro cabello enmarcaba su pálido rostro. Alzó la mirada y le sonrió como solo ella sabía hacerlo, derritiendo su alma, clavando sus azules ojos en los suyos, observando su reacción.
Estaba muerta, estaba seguro. El vino le estaba jugando una mala pasada.
- Shia... - susurró. La mujer, en ese instante, rodeó la mesa, lentamente, hasta colocarse justo ante la punta de su estoque, quedándose plantada frente a ella un momento. Colocó su mano derecha sobre el filo y lo colocó sobre su pecho, sin dejar de sonreirle - No lo hagas Shia... no tiene porqué terminar así...
- No soy yo quien empezó esto, muchacho, y no pienso seguir escondiéndome - dijo mientras le tendía su frágil mano.
Inexplicablemente bajó el arma y asintió, al fin y al cabo, esa noche sería la última para uno de los dos y él seguía amándola con locura. La mujer volvió junto al cadáver y lo apartó de una patada, haciéndolo caer al suelo, para ocupar su lugar, como si la sangre que había dejado sobre la mesa apenas la molestase.
- ¿No crees que sería mejor cambiarnos de mesa? - preguntó incrédulo ante lo que estaba viendo.
- ¿Ahora te molesta algo de sangre o la gente que muere por tu culpa? Si que te has vuelto escrupuloso, muchacho.
- Deja de llamarme así, sabes que lo odio - contestó tajante mientras se sentaba de nuevo en su sitio.
- ¿Y desde cuando debería importarme lo que odies o dejes de odiar? - negó lentamente con la cabeza - ¿Quien era? - cogió el vaso que tenía frente a ella y dio un largo trago para escupirlo inmediatamente después - Maldita sea, ¿ahora bebes meados? Cuando compartías el vino conmigo tenías mejor gusto. - colocando los dedos en sus labios emitió un fuerte silbido que hizo que al instante apareciese el orondo tabernero - Saca el vino más caro que tengas, campeón, la ocasión lo merece. Cierra la puerta de la taberna y vete a dormir.
- Se llamaba Warren, Warren Dale
- No te he preguntado su nombre...
- Soldado de la casa de mi padre, Shia. Un recién llegado.
- Mala suerte... - dijo mientras se encogía de hombros. Se incorporó y se acercó a la barra, cogiendo la botella, sin dejar que el atemorizado hombre se acercase de nuevo a la mesa. William la observó con detalle, había echado tanto de menos su compañía que, por un momento, se alegró de verla viva. Examinó cada detalle de su figura, cada movimiento. Y, aunque apenas había cambiado a simple vista, supo que no era la misma mujer de la que se había enamorado.
- ¿Cuanto llevas en la ciudad? - ella se sentó de nuevo, de forma relajada, como si nada de lo que estaba pasando pudiese llegar a afectarla.
- El tiempo suficiente, muchacho. - sonrió cuando le escuchó resoplar - Simplemente esperaba mi momento.
- Shia... yo...
Ella alzó la mano, indicándole que callara - El que quede vivo tendrá de hacer desaparecer los cadáveres de aquí. No queremos que al viejo Yarik terminen colgandolo por nuestra culpa, ¿verdad? - vació lo que quedaba en ambos vasos en el suelo y los llenó de nuevo, para alzar el suyo. - Por nosotros, por nuestro reencuentro, y nada de excusas ni explicaciones. Ambos elegimos nuestro camino, no nos queda más que asumirlo, campeón.
Will tomó el suyo y frunció el ceño. - ¿Qué te ha pasado?¿En qué te has convertido?
- Equivocas la pregunta, muchacho, la correcta es ¿en qué me habéis convertido?. Lo único que he hecho es sobrevivir, así que ahorrate la moralina.
- Habías muerto...
- ¿Entonces soy un fantasma? - dijo con un hiriente sarcasmo - No, muchacho, no habéis podido terminar conmigo, soy demasiado buena para tus hombres.
- Pero... - llevó una mano hasta su torso y desabrochó su jubón, De su cuello podía verse colgado un anillo. Ella lo miró fijamente y por un instante la sonrisa se esfumó de sus labios.
- Hacer lo que debas para sobrevivir ¿no? - dio otro trago sin retirar su mirada del anillo.
- ¿Y la mujer que encontraron? ¿La que lo llevaba?
- Era la única opción, estabais demasiado cerca y yo no estaba preparada - le miró directamente a los ojos, congelando su sangre - Ahora - tendió su mano- devuélveme lo que es mio.
Dejó el anillo con delicadeza sobre su mano, y la sostuvo entre la suya. Ella intentó apartarla, pero él la aferró con fuerza.
- ¿En serio? ¿Quieres que crea que sigues enamorado? - lanzó una carcajada - Debes pensar que soy idiota, William. Esto no te va a salvar de lo que sucederá esta noche.
- No creo que seas idiota. Nunca quise hacerte daño, Shia, tienes que creerme.
- Aunque te creyese, eso no cambiaría nada.
- Dime que no sigues sintiendo lo que yo siento, Shia.
Ella rió de nuevo - Esta vez las palabras no te sacarán de esta, Will. Habéis intentado matarme, tres veces, ¿Y crees que unas simples palabras pueden cambiar años de persecución implacable?
- Jamás te he mentido, Shia. Te he amado desde siempre, nada ha cambiado. Dímelo - dijo él como una súplica - Dime que no lo sientes.
- Lo que sintiéramos ya no importa, en realidad, no ha importado nunca. Solo hay un final posible, y tú te interpones en mi camino. - dijo mientras retiraba la mano. Miró el anillo y él pudo ver de nuevo su dolor. Hacía años que no lo veía, y en ese tiempo, se había hecho más profundo, más visceral. Dejó el anillo con cuidado sobre la mesa y volvió a mirarle friamente- y no, no te amo. Dejé de hacerlo hace mucho tiempo. El día que me dejaste abandonada a mi suerte. El día que no me elegiste a mi.
- Sabes que eso no es cierto. Te salvé la vida, te dejé huir. - dió un golpe en la mesa, derramando su vaso - Era la única manera que tenía de protegerte.
- ¿La única? ¿Y escapar conmigo? No, eso no se te pasó por la cabeza, lo habría dejado correr, William, lo habría olvidado todo, solo tenías que permanecer a mi lado.
- ¿Estás segura?¿Hasta cuando? El día que hubieses decidido que no ibas a esconderte más, volverías para alzarte contra mi familia. ¿Crees que podría asesinar a mis padres? ¿A mis hermanos? Pero ¿por quien me tomas? - su voz se iba elevando a medida que la rabia se apoderaba de él. - Shia, no te enfrentes a ellos, morirás. Dime un precio, te daré lo que desees, pero márchate.
- Quiero lo que es mío - dijo ella en un susurro.- quiero arrebatarle todo lo que él me quitó. Quiero que sufra viendo como pierde lo que más ama. - se acercó a él, dejando su rostro a apenas unos del suyo - Quiero vuestra muerte.
Esas palabras fueron un duro golpe. William permaneció en silencio, observándola hasta que ella retiró su mirada, dolida.
- Entonces no hay mucho más que hablar, ¿no? ¿A qué esperamos? - dijo mientras se incorporaba y desenvainaba de nuevo.
Shia suspiró y dio un último trago. - No esperaba que tuvieras tanta prisa por morir, mi pequeño William, pero como desees - Se levantó lentamente, mientras se estiraba de forma felina.- pero te advierto que he mejorado bastante.
Se retiró el cinto para alejar la vaina de su estoque de plata, la filigrana de la empuñadura era de exquisita manufactura, uno de los más bellos que William había visto nunca. Colocó su arma frente a ella y saludó a su oponente sin mediar ya más palabras. Él hizo lo propio y extendió el brazo, esperando que ella hiciese lo mismo. Habían realizado este ritual tantas veces que volver a hacerlo en este momento era irónico.
Pero ella no correspondió, lanzando una estocada hasta su mejilla, haciendo que una pequeña gota de sangre brotase de ella. William retrocedió con celeridad y la miró desconcertado mientras llevaba la mano a la herida. Desde luego no era la misma, Shía jamás habría hecho esto, no a él.
El rostro de Shia ya no sonreía, su mirada se había tornado profunda e impenetrable y sus labios dibujaban una fina línea. Apenas si podía reconocer a su compañera en esa mujer.
Retrocedió un par de pasos y bajó su estoque. Shia le miró perpleja y ladeó la cabeza.
- ¿Ahora me tienes miedo, William? O ¿es que ahora te has dado cuenta que esto va realmente en serio? - dió una gran zancada aproximándose peligrosamente a él, lanzando una estocada, esta vez directa a su corazón. William, sorprendido por la velocidad de ese ataque, consiguió desviarlo justo a tiempo, pero tropezó con una de las mesas en su retirada.
Shia se detuvo y le observó. Parecía decepcionada, no podía creer que William apenas se defendiera. Había ido a aquel apestoso lugar con la intención de jugarse la vida, y, las reacciones de su antiguo amante no eran más que una decepción tras otra.
- Vamos, campeón, sé que puedes hacerlo mejor. Antes esto lo evitabas sin problemas. ¿Te has dado a la buena vida o tratas de engañarme de nuevo? Venga, mi pequeño Will, hazme danzar una última vez.
La triste realidad es que William realmente se encontraba desbordado ante su velocidad. Los años que los habían separado la habían convertido en una letal espadachina, o mataba, o moría. La venganza era un gran incentivo, y Shia la había aprovechado toda.
Pero no iba a rendirse, no podía hacerle eso después de todo lo que había pasado, así que atacó, lanzando una estocada contra su hombro cuando notó un dolor agudo en su abdomen. Sin apenas esfuerzo, la mujer se había apartado de la trayectoria de su arma y, de la nada, había sacado una daga que ahora estaba alojada en su vientre.
Shia, una vez se dio cuenta que William no podía hacerle frente, decidió terminar lo más rápido posible con él. Si hubiese sido otra persona, podría haber estado jugando durante horas, pero éste era un baile del que, realmente, no deseaba disfrutar.
William soltó el arma y llevó ambas manos a la mortal herida, rodeando la de ella, que aún sujetaba el arma.
Shia dejó caer su estoque y llevó la mano libre hasta su hombro, obligándole a llegar a la pared que tenía más cerca. - Solo podía haber un final... lo sabías... - le dijo casi como una disculpa.
- Lo se.. - su cuerpo se negó a permanecer en pie, se desangraba rápidamente y ya apenas le quedaban fuerzas. Dejó que la mujer le ayudara a sentarse, sin soltar en ningún momento la mano de Shia, que aún permanecía en la empuñadura de la daga. Arrodillándose frente a él, acarició su rostro con la diestra y le sonrió con dulzura, y le besó, dejando que su último aliento permaneciese en sus labios.
Cuando la respiración de William se extinguió, se alejó lo suficiente como para poder mirarlo de nuevo, quedándose allí, junto a él, un buen rato. Odiándose a sí misma por haberle arrebatado al mundo a un buen hombre como aquel. Retiró la daga, dejándola caer junto al cadáver y volvió a acariciar su mejilla. Lo había hecho. Estaba segura que era ella quien estaría muerta esta noche, creía que no iba a ser capaz de hacerle daño.
Se levantó pausadamente y recogió su estoque, que dejó sobre la mesa mientras recuperaba la botella, aún medio llena. Se sentó en su silla y subió los pies sobre la mesa sin dejar de observar a William. Dio un largo trago mientras las lágrimas resbalaban incontrolables por su rostro.
Colocó de nuevo el anillo en su dedo y lo miró fijamente. Era lo único que realmente era suyo por derecho, y no volvería a separarse de él. - Esto no es más que el principio. Te voy a arrebatar todo lo que amas, como tú me lo arrebataste a mi. A partir de ahora - dijo mientras volvía a mirar a Will - todo será mucho más fácil.