martes, 22 de enero de 2013

Un día cualquiera...


El Sol brilla radiante en el cielo azul, más allá de las negras nubes que cubren y tiranizan la ciudad de Aguasfuertes sumiéndola bajo su sombra. El mundo fuera de la ciudad sigue su cauce normal y un verdor intenso rodea cada pulgada de tierra que puede divisarse desde el cielo. Los rayos de Sol calientan la tierra con lenta y eterna dedicación, haciendo que los árboles crezcan fuertes, así como sus frutos, de los cuales se alimentan los animales que habitan los bosques que rodean a la ciudad.

Un sano silencio envuelve todo como una madre toma en brazos a su hijo neonato. Un silencio que en realidad no es tal. Un silencio en realidad roto por la cotidiano del sonido de la brisa, del mecer de las copas de los árboles, de las briznas de hierba dedicándose suaves caricias, del canto de los pájaros y del fluir de un riachuelo.

Entonces un sonido arrítmico y metálico resuena por todo el valle, viajando a través de él y quebrando en mil pedazos la tranquilidad reinante en él. Los animales alzan y giran su cabeza en dirección a ese siniestro coro de voces, metal y dolor. Son muchos los que vuelven a sus madrigueras y otros tantos los que alzan el vuelo, buscando seguridad en la inalcanzable infinidad del cielo.

Un corte demasiado lento y una estocada rápida y casi invisible para el ojo inexperto. Tan rápida, potente y precisa que la hoja atraviesa aire, ojo, cráneo y cerebro por igual, con la misma facilidad y fluidez con la que abandona su tarea, sin dar a penas tiempo a la sangre a sentir su frío tacto. Un rostro desfigurado y un cuerpo que apenas comienza a caer inerte ya es espectador de cómo otro le acompaña con su torso adornado por una única, pequeña y bella flor carmesí que crece lentamente en su pecho, sobre su corazón.

Pasos, multitud de ellos, rápidos y decididos se suman al repentino y tenso silencio que acompaña ahora al lugar. Un silencio denso, que te envuelve y abraza, haciéndote saber que está ahí, que pone tus sentidos en alerta y te dice a gritos que algo grande está a punto de ocurrir. Es la clase de silencio que precede a la muerte.

Una decena de hombres se detiene frente a los cuerpos que ahora yacen sobre la hierba, inmóviles, haciendo gala de una anormal quietud que consigue crear un escalofrío en la espalda de todos y cada uno de los diez hombres que contemplan con asombro y recelo la escena. Dos cuerpos y una silueta estilizada y de no demasiada estatura posa entre ellos, observando fijamente, altiva, elegante y letal, en un silencio y una quietud tan solo rotas por el goteo carmesí y denso desde la punta de su estoque. Sus miradas se buscan, necesitadas de una explicación más allá de lo evidente, de un gesto en sus compañeros que les devuelva la decisión con la que contaban hacia apenas unos segundos. Una voz rasgada y veterana les devuelve a la realidad y les insta a tomar posiciones. Los hombres forman un corro alrededor de la figura que preside la escena estudiándola ahora con fría rabia y furiosa determinación.

Existe algo turbador en la visión de esa mujer sin rostro. En su quietud y lento y medido giro de rostro es capaz de transmitir lo suficiente como para que todos y cada uno de los allí presentes sientan un helado respeto que pretende apagar el fuego del odio que arde en su interior. Los contempla uno a uno en rápida sucesión, clavando la mirada en ellos, atravesándolos con ella y dejando que se cruce con la suya propia, unos ojos oscuros que contrastan con el blanco perlado de una bella e inquietante máscara sin facciones, tan solo adornada por dos trazos rojos que inevitablemente crean el vago recuerdo de la sangre en los que la miran.

Su cuerpo femenino, sensual, altivo y elegante mantiene una pose cargada de teatralidad y alerta. Existe algo felino en cada sutil, bello, medido y fluido gesto cuando alza su diestra al frente haciendo ver a todos la exquisita y letal manufactura de su estoque. Lo exhibe con descaro, mientras los rayos de sol inciden en la fina y alargada hoja, robando pálidos destellos, acentuando aún más su filo y la creencia de que podría atravesar carne, hueso, metal y roca con la misma facilidad con que una aguja atraviesa la lana. Un último destello recorre la totalidad de la hoja desde el guardamanos hasta la punta, en un barrido lento y dedicado que casi pareciese hacerla vibrar, como si los dioses mismos hubiesen querido mostrar a los presentes la herramienta que van a usar para hacerles pagar unas deudas que no recuerdan haber adquirido y que tan solo pueden ser saldadas con su vida. El destello llega hasta el final del estoque, desapareciendo en la punta del mismo y llenando de silencio en lugar en un grito sordo.

Como si de una señal se tratase los hombres cargan a la carrera, desordenados, fieros y poseídos por la ira con sus armas en alto. La mujer de la máscara espera paciente, barriendo el suelo frente a ella con su bota diestra. Afianza su posición, flexiona sus rodillas, muestra su diestra armada y flexionada levemente y oculta su zurda tras la espalda. Toma aire con lentitud y cierra los ojos durante apenas un segundo, dejándose asediar por todas las sensaciones que la rodean, dejando que lleguen a ella y evoquen otras tantas, buscando la comunión con ellas.

¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!

La voz del hombre resuena en el patio de la modesta casa. Una voz profunda y recia, aunque amable. Su mirada y atención se centra en una pequeña muchacha que sostiene una pesada barra de metal en su mano como si de un arma se tratase. Su pose le resulta familiar, pero es imperfecta, burda y falta de gracia. Sus pequeñas piernas tiemblan inseguras y su fino brazo a penas consigue mantenerse en alto y paralelo al suelo. Su rostro, infantil y delicado está congestionado por el esfuerzo, encogido en una mueca de dolor y sudorosa molestia en contraste con la arrolladora decisión que hay en sus ojos. Ante la voz de mando del semielfo que la observa, la muchacha lanza dos cortes en cruz y una estocada acompañada de una zancada entre quejidos de esfuerzo. Los gestos no son limpios, la zancada insuficiente y la estocada lenta y sin fuerza. La barra termina en el suelo.

¡Dos! ¡Dos! ¡Uno! ¡Vamos niña, esa pierna! ¡Flexiona! ¡Muestra tu espada! ¡No, no, no! No eres una vulgar matona. Muéstrale tu filo, no tienes nada que ocultar y mucho que demostrar. Es cortesía que le presentes a su verdugo. ¡Otra vez!

El mismo patio, la misma casa, el mismo hombre de complexión delgada, espigado y orejas afiladas y una niña que crece demasiado deprisa. Se mantiene en guardia frente a un estafermo atravesado por unos estrechos viales de vidrio en puntos vitales del mismo. Su pose ha mejorado visiblemente, aún es imperfecta pero no burda. Sus gestos son ágiles pero no fluidos. Sus estocadas potentes, pero no letales ni precisas. Ante la voz de mando la joven lanza una rápida sucesión de tres golpes en los puntos marcados del estafermo, intentando introducir el filo dentro de los viales, haciéndolo sonar al impactar contra el fondo del mismo. Tan solo suena uno de ellos.

¡Tres! ¡Uno! ¡Tres! ¡Ah! Concéntrate, niña. Lo has hecho millares de veces. Fíjate tu atención en tu objetivo. Sabes hacerlo, solo que aún no te has dado cuenta. ¡Otra vez!

De nuevo, el mismo patio, la misma casa. El hombre está envuelto en un duelo contra una hermosa y joven mujer. Ambos intercambian golpes y estocadas a gran velocidad y se mueven en círculos a lo largos y ancho del patio, evaluando y buscando debilidades ajenas en pleno cruce de aceros. Su pose roza la perfección, pero aún no la alcanza. Sus gestos son ágiles y fluidos pero aún evidentes para un ojo experto. Sus estocadas son potentes y precisas, pero carecen de significado y razón. No así las de él, desarmando a la joven mujer y colocando la punta del estoque en el cuello de ésta con una leve sonrisa paternal.

¡Dos! ¡Tres! ¡Tres! ¡Uno! ¡Dos!

El mismo patio, inundado por la lluvia. La misma casa, sumida en una triste y melancólica quietud. Y un rítmico golpear de vidrio entre quejidos de esfuerzo y un suave murmullo pesaroso de fondo. Tan solo una única figura en el centro del patio que golpea con rabia un estafermo. Se trata de una mujer, una bella mujer con el rostro inundado de lágrimas y una mirada cargada de ira frustrada de la cual intenta librarse sin éxito a letales golpes entre sollozos y quejidos de esfuerzo. Su pose es perfecta si es que la perfección existe. Sus gestos son ágiles, fluidos y tan rápidos como la picadura de una serpiente y sus estocadas igualmente precisas y letales, cargadas de razones y significado. No erra ningún blanco.

Abre los ojos al sentir como la espada corta en vertical hacia su cabeza. Es un golpe potente, pero lento y predecible. Basta un paso a un lado para descubrir su flanco y atravesar su costado en el punto preciso, justo entre sus costillas, atravesando sus pulmones hasta su corazón. El hombre cae al suelo sin saber qué ha ocurrido mientras la sangre mana con macabra potencia del pequeño agujero en su costado, bañando el suelo de rojo. Uno.

Un paso atrás, retira el filo de la caja torácica del hombre y con apenas un destello desvía un letal arco que iba dirigido hacia su torso desde el flanco derecho. Gira sobre sí misma, buscando espacio, aunque no lo encuentra, tan sólo una estocada traicionera que le habría perforado los riñones de no haberla desviado hacia el suelo. Con la misma fluidez del giro deja un corte en la garganta de otro hombre, que cae a sus espaldas sujetándose el cuello mientras la vida se escapa entre sus dedos. Sin tiempo a mantener la posición esquiva una, dos y hasta tres cortes que le llegan de todos partes con un rápido movimiento de pies y rodando hacia atrás. Estira su diestra armada, haciendo que el ímpetu de su rival haga el trabajo, hundiendo su filo en el blando vientre de éste. Los dos siguientes esquivan a su compañero entre alaridos de dolor, saltando sobre él cuando la mujer empuja el cuerpo en pos de ellos. Rueda a un lado, encarando por fin a los dos hombres que siguen con su asfixiante persecución. Golpean a la vez y en ángulos diferentes. Saben lo que hacen. Ella también. Su zurda aparece desde su espalda con velocidad cegadora y detiene ambos embates individualmente y al mismo tiempo. Los hombres observan con sorpresa como ambas espadas consiguen detener sus golpes y antes de lo que dura un latido del corazón, los dos filos atraviesan sendas gargantas. Los cadáveres caen en sentidos contrarios como árboles derribados, descubriendo en el centro la figura encogida de la mujer sin rostro, manteniendo la pose con mortal teatralidad. Cinco.

Los cinco hombres restantes se detiene durante unos segundos, observándola con algo más que respeto y dudas. Tan solo uno de ellos, el que está más retrasado, el más curtido y él único que no hay sucumbido al miedo la mira fijamente, esbozando una sutil mueca de desafío. La mirada tras la máscara de la mujer se acentúa y refleja una perversa diversión. La proporción sigue siendo de una contra cinco. No parece igualado. No para ellos.

Lleva su zurda a la espalda nuevamente, con premeditada lentitud, volviendo a recorrer los rostros de los presentes, disfrutando de sus gestos y de los inevitables trazos del miedo, el temor y la duda en sus rostros. Sirviéndose de su posición encogida, sale disparada como un resorte para sorpresa de ellos. Dos rápidas, amplias y silenciosas zancadas la hacen prácticamente aparecer a media distancia de los desharrapados hombres. Algo brilla en su zurda al aparecer desde su espalda en un movimiento cegador antes de volver a la misma posición. El primero de los hombres cae al suelo de rodillas, con el cuello lánguido y la empuñadura de una daga asomando por su frente. La mujer se apoya en el hombro del recién caído y se impulsa hacia delante, extendiendo ambos brazos armados nuevamente, como un ángel de la muerte, girando sobre su propio eje, convirtiéndose durante apenas un segundo en un torbellino de acero y muerte que termina con las vidas de otros dos hombres que ya yacen en el suelo intentando evitar que sus vidas dejen de manar de unos precisos cortes en sus cuellos. Ocho.

La mujer sin rostro se alza, observando tras la máscara, sin rastro a penas de cansancio a pesar de la diabólica forma de luchar con la que se ha deshecho de todos esos hombres en apenas unos minutos. De forma elegante y sensual, avanza sin perder la vista del frente, guardando su espada corta en su espalda de nuevo, aferrando únicamente ahora el estoque con brutal elegancia, acomodándolo en su brazo con un suave y premeditado giro de muñeca, como si en realidad fuese parte de él.

El penúltimo hombre consigue sobreponerse. En su rostro congestionado de rabia asoma un halo de desesperación. No todos los hombres son iguales. Algunos huirían, otros se quedarían inmóviles en el suelo suplicando por sus vidas y unos pocos simplemente son tan rematadamente estúpidos como para no haber aprendido la lección.

Aferrando con fuerza el arma, el hombre del cabello grasiento, se lanza contra la mujer mientras deja escapar un alarido desesperado de sus labios blandiendo el arma en alto. Algo tan evidente ni si quiera se presenta como un peligro para ella, la terrible mujer sin rostro, el pálido avatar de la muerte, quién es capaz cortar su torso hasta cinco veces antes de hundir su filo en el corazón del hombre, sin éste haber tenido tiempo si quiera a terminar el recorrido de su golpe. Nueve.

Tan sólo un hombre queda frente a ella. Un hombre de mediana edad. En su cabello asoman algunas canas y su rostro curtido, casi de la misma textura del cuero, está cruzado por más de tres cicatrices. Permanece de brazos cruzados, observando aún con una sonrisa condescendiente mientras los rayos de sol roban destellos de la insignia de la salamandra que porta en su pecho y en el pomo de la espada que reposa en su cinturón.

Sin mediar palabra el hombre desenvaina con sorprendente elegancia un arma de familiares proporciones a la de la mujer, alzándolo y mostrándoselo con descarada confianza. Ésta ladea el rostro, esbozando una sonrisa. Comprende su gesto y responde de igual modo, no sin antes retirar ceremoniosamente la máscara, ahora salpicada de sangre.

Se trata de una mujer bella, de facciones afiladas, femeninas y mirada felina, acorde a sus gestos. Su mirada da una respuesta muda a los gestos del hombre, acompañada de una sonrisa de soslayo, flexionando las piernas y adoptando una teatral, elegante y ensayada pose, en guardia con su diestra armada al frente, mostrando su filo al hombre.

El silencio dura apenas unos segundos antes de verse interrumpido por el rápido cortar del viento y el besar de los aceros. No se trata de ningún aficionado, entiende el juego y lo práctica con soltura. Danzan juntos durante unos segundos, sin descanso, desviando, esquivando y devolviendo letales estocadas y cortes a una velocidad casi imposible de seguir para el ojo no entrenado.

Tras un intenso intercambio, ambos rivales se separan, tanteándose, moviéndose en círculo, buscando leer el patrón del contrario, buscando su debilidad o una abertura en su defensa. El bandido ladea su rostro comenzando a sonreír de forma contenida, cambiando el peso de una pierna a otra y el estoque de mano. Sonríe con crueldad y un brillo perverso aparece en sus ojos. La mujer ladea el rostro con curiosidad, aunque se ve obligada a interrumpir tal gesto, al recibir un nuevo embate del veterano bandido. Es más rápido, es más preciso y sus estocadas son más potentes. Ha estado jugando con ella desde el principio. La ha hecho creer que jugaba a un juego que no era tal y ahora está pagando su error. Debería de haberlo sabido. Por momentos la habilidad del curtido espadachín parece desbordar a la mujer quien no puede hacer más que hacer una voltereta hacia atrás evitando por centímetros una estocada que habría atravesado su rostro de lado a lado.

Ambos contrincantes vuelven a tomarse unos segundos de estudio. El torso de la mujer sube y baja rítmicamente. El esfuerzo comienza a pasar factura, a pesar de que su adversario ni si quiera pareciese haber comenzado a dedicarse a fondo con ella. Dedicándole la sombra de una sonrisa victoriosa, de superioridad y condescendencia absolutas, invitándola un con un nuevo gesto.

Esta vez es la mujer la que toma la iniciativa, desatando un aluvión de cortes y estocadas que habría resultado letal para la mayoría de personas, pero según parece no para él. Como pudiendo anticipar sus golpes y a pesar de carecer de la forma física o de los reflejos de la joven y letal espadachín, desvía y evita cada uno de los ataques con una elegancia y una facilidad desconcertante y desmoralizadora, retrocediendo un paso atrás con un giro simple y una floritura de muñeca que finaliza en un corte amplio.

Ambos duelistas vuelven a separarse, observando una vez más al otro a los ojos en un silencio tenso que literalmente podría cortarse con cuchillo. Un silencio nuevamente roto por el gotear carmesí desde la punta del estoque del salamandra y de una fina línea roja que aparece en la mejilla de la mujer, resbalando hacia su mentón y comenzando el manchar el suelo bajo a sus pies. La risa del hombre busca herir a su rival, desmoralizarla aún más y anticipar una victoria que ya da por sentada.

La joven espadachín permanece de pie con el rostro gacho, tanteando el corte en su mejilla y observando el rojo que mancha sus dedos, comprobando su textura. Parece desconcertada, sorprendida, insegura. Sin embargo, al alzar su rostro, una sonrisa perversa, juguetona y divertida asoma de soslayo en sus labios. Haciendo gala de toda la teatralidad de la que es capaz, realiza una exagerada floritura, inclinándose hacia delante en una burlesca reverencia casi más digna de un actor de ambulante, moviendo sus brazos con expresividad y elegancia, como un acróbata a punto de presentar un truco final.

La improvisada representación pilla de improvisto al veterano bandido, desconcertándole, aunque disimulándolo con la maestría que da la experiencia. Más ceñudo de lo que le gustaría, decide poner fin a esta danza de una vez por todas. Avanzando con veloces zancadas hasta situarse al alcance de estocada. Las dos figuras vuelven a descargar toda una salva de golpes a una velocidad de vértigo, sin vencedor aparente, es en ese momento de incertidumbre cuando la mujer aprovecha una minúscula abertura en la defensa del veterano espadachín para patear su pecho y alejarlo de sí a penas unos pasos. Una ventana de tiempo suficiente como para lanzar su estoque al aire, y cambiarlo de mano. Aunque para sorpresa y desgracia de ella, el hombre recupera la posición excepcionalmente rápido y dispuesto a contraatacar antes de lo esperado, descargando una última letal y monstruosa estocada capaz de atravesar el torso de un jabalí de lado a lado.

Los pájaros alzan el vuelo, abandonando sus puestos de espectadores ánimos desde las copas de los árboles colindantes, sobrevolando a ambos contendientes, con coro de batir de alas similar al romper de las olas contra los acantilados y entonces, el silencio.

No es el mismo patio. No es la misma casa. Y la figura del hombre que hay de pie no es la de Asgarad el medioelfo. Sin embargo, si es la misma mujer, de rasgos bellos y mirada felina. Su postura es perfecta, sus gestos inhumanamente gráciles y sus estocada imparables e inigualablemente precisas. Frente a ella, un estafermo. Tan solo su viejo estafermo.

¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!

En entrechocar del metal contra el metal y finalmente el sonido inconfundible del metal contra el vidrio hasta nueve veces en apenas un segundo. Diez.

Una de las dos siluetas cae como un muñeco sin vida, de espaldas contra el suelo. Nueve rosas rojas brotan de todo su cuerpo con lentitud. De sus ojos, cuello, corazón, pulmones, hígado y riñones. La visión no es agradable, pero reconforta. Es la visión de la victoria y el sabor del trabajo bien hecho. Es la prueba de que todos los años de práctica han servido para algo.

La mujer observa en silencio y con una sonrisa plena, como el cuerpo sin vida de su rival tiñe de rojo la tierra bajo él, haciendo una última floritura con el estoque en su mano izquierda, golpeando en seco el aire para limpiar la hoja y envainando en un gesto mil veces ensayado.

- Yo también soy zurda, viejo. - dice la espadachín con voz queda, girando sobre sus talones, dispuesta a irse hasta que algo llama su atención.

Un par de pasos metálicos y pesados resuenan no muy lejos del lugar, acompañando a la silueta de un hombre no demasiado alto, de tez morena y cabello alborotado y peinado hacia atrás con su propia mano. En su rostro una media sonrisa burlona parece dibujarse a medida que avanza con una altivez y una chulería tan solo al alcance de unos pocos. En su hombro descansa una espada de palmo y medio, tras su cabeza. El hombre se detiene a unos metros frente a la mujer, echando un vistazo a los doce cuerpos que descansan en medio del camino sobre la tierra silbando.

- Joder, Shía. ¿Quién va a recoger ahora todo esto, campeona? - Comenta el tethyriano con sorna, dedicando ahora sus gestos hacia la mujer, con una sonrisa ladina y una mirada de desinterés ante la matanza que le rodea.

- Cierra el pico, idiota. Doce. ¿Tú? - La mujer llamada Shía pone los brazos en jarras, devolviendo la misma sonrisa ladina al mercenario.

- Trece. - Comenta alzando ambas cejas en un gesto de superioridad ofensivamente asimilado y con una sonrisa de autosuficiencia que más de uno quisiera borrar de su cara, mostrando en su puño multitud de medallones con salamandras grabadas en ellos.

La mujer resopla con rabia contenida, incrédula y no obstante, sin ganas de continuar con el juego de las provocaciones. Se gira sobre sus talones, llevando las manos tras la nuca, esbozando una sonrisa divertida y reconfortada que pretende ocultar ante el joven de tez morena, manteniendo el mismo tono de enfado.

- La próxima vez pienso borrar esa sonrisa de tu cara de idiota, Rowe. - Comenta mientras continua alejándose con paso tranquilo.

El mercenario la observa irse, relajando su gesto cuando ésta le pierde de vista. Sonríe, aunque no es una sonrisa cínica. Es una sonrisa sincera que no consigue ahogar del todo una leve carcajada contenida y furtiva, sin que ella pueda escucharla. Observa los diez medallones en su mano y los guarda con gesto distraído en su zurrón, sin perder detalle del grácil y elegante andar de la mujer, casi sin poder retirar la mirada de ella.

- Vaya una mujer... Buen trabajo, campeona...- Dice para sí en voz baja, en un tono confidencial e íntimo que tan solo pretende entablar conversación consigo mismo. Viéndola alejarse, en silencio y siguiéndola con la mirada antes acelerar el paso para alcanzarla, esquivando los cuerpos sin vida de aquellos que tuvieron la mala suerte de interponerse entre ella y su destino.


Escrito por Garadil. Gracias "Wa'akur"